La industria del wellness ha normalizado algo que en finanzas te llevaría a juicio.
Que la misma persona investigue, divulgue y venda un producto.

Y lo hemos aceptado porque tiene un doctorado y habla bien en cámara.

Un ejemplo que vi hace unas semanas lo resume bien.

Un divulgador científico con millones de seguidores (yo incluido) publicó un vídeo criticando un estudio reciente sobre melatonina. El estudio sugería posibles efectos adversos a largo plazo. Su crítica era técnicamente válida: el diseño tenía limitaciones, la muestra era pequeña, las conclusiones eran prematuras.

Todo correcto.

Excepto un detalle.

Es cofundador de una empresa que vende melatonina.

No mencionó ese conflicto de interés en ningún momento del vídeo. Y ahí entendí que el problema es mucho más grande de lo que solemos admitir.

No es un caso aislado ni un ataque a una persona concreta. Es un patrón que se repite, con distintos ingredientes y distintos nombres, en buena parte del ecosistema wellness actual.


El matrimonio entre ciencia y negocio no es nuevo

En farma llevan décadas lidiando con esto. Los ensayos clínicos financiados por fabricantes muestran resultados positivos con más frecuencia que los estudios independientes. No es conspiración; son incentivos.

Pero en wellness hemos creado algo distinto. Más sutil. Y, en algunos aspectos, más peligroso.

Científicos con credibilidad académica que se convierten en caras públicas de marcas que ellos mismos fundaron o cofundaron. Divulgadores que educan sobre ingredientes por la mañana y venden esos mismos ingredientes por la tarde. Doctores que publican papers y posts de Instagram desde el mismo perfil, sin una línea clara entre investigación y comercialización.

El problema no es que los científicos emprendan.

El problema es cuando la misma persona ocupa todos los roles a la vez: investigador, divulgador, accionista y portavoz.


La anatomía del conflicto

Pensemos en el caso de la melatonina.

En los últimos meses han aparecido estudios contradictorios. Algunos sugieren beneficios más allá del sueño. Otros señalan posibles riesgos con el uso prolongado. La ciencia está debatiendo, como debe ser.

Ahora imaginemos dos escenarios.

Escenario A
Un científico independiente, sin interés comercial, analiza ambos lados. Reconoce limitaciones. Admite incertidumbre. Dice: “Necesitamos más investigación”.

Escenario B
Un científico que además es accionista de una marca de melatonina analiza los mismos estudios. Los negativos “tienen problemas metodológicos graves”. Los positivos “son prometedores y bien diseñados”.

Técnicamente, ambos pueden estar siendo honestos.

Pero el Escenario B arrastra un sesgo cognitivo del que probablemente ni siquiera es consciente. Su cerebro está protegiendo dos cosas al mismo tiempo: su reputación científica y su inversión financiera.

Y su audiencia, que confía en él como científico, no siempre sabe que también está escuchando al empresario.

El problema no es la mala fe.
Es el sesgo invisible.


Alma no es inmune (y casi caemos)

En 2024, cuando empezábamos a definir nuestra formulación con una institución científica de prestigio internacional, lo tuvimos delante.

Investigación sólida. Papers publicados. Credibilidad real.

Las primeras conversaciones fueron excelentes. Hablamos de evidencia, dosis clínicas, transparencia. Valores alineados.

Pero cuando llegó el momento de decidir ingredientes concretos, apareció la presión sutil.

Se nos animaba a priorizar ingredientes específicos que llevaban años investigando. No necesariamente porque fueran los mejores para la formulación, sino porque eran su línea de investigación. Su zona de confort y diferenciador académico.

La conversación nunca fue explícita. Nadie dijo “tenéis que usar esto o no colaboramos”. Pero la implicación estaba ahí.

Y fue entonces cuando entendí algo importante: incluso en entornos académicos serios, los incentivos existen. No es mala praxis. Es estructura.


Qué hemos hecho

Decidimos buscar asesoramiento científico completamente independiente.

Nutricionistas, farmacéuticos y médicos sin perfil público. Sin productos propios. Sin colaboraciones comerciales visibles. Personas que cobran por su conocimiento, no por su influencia.

Nuestro compromiso es claro:

Cualquier comité científico de Alma:

  • No tendrá equity en la empresa

  • No promocionará nuestros productos en sus redes

  • No será la cara visible de la marca

Porque su trabajo no es validar lo que ya decidimos vender.

Es decirnos cuándo nos equivocamos.
Y cuándo no hay suficiente evidencia.


Cómo identificar el conflicto (guía práctica)

Si vas a confiar tu salud a recomendaciones científicas, estas son algunas preguntas útiles:

1. ¿Quién paga la investigación?
Si el estudio que citan está financiado por la empresa que vende el producto, baja automáticamente dos escalones en credibilidad. No es inválido, pero exige validación independiente.

2. ¿El divulgador tiene participación financiera?
No basta con “colabora con”. Busca equity, acciones, royalties. Si esta información es difícil de encontrar, ya es una señal.

3. ¿Cómo hablan de los estudios negativos?
Un científico honesto dirá: “Tiene limitaciones, pero plantea preguntas relevantes”.
Un científico-vendedor dirá: “Está mal diseñado, ignórenlo”.

4. ¿Reconocen incertidumbre?
La ciencia nutricional está llena de grises. Si todo lo que recomiendan tiene “evidencia sólida, contundente y definitiva”, probablemente están vendiendo una certeza que no existe.

5. ¿Quién forma su comité científico?
Si todos tienen libros, suplementos propios o grandes audiencias en redes, probablemente no es un comité científico. Es un consejo de asesores comerciales con credenciales.


La pregunta incómoda

No estoy diciendo que los científicos-empresarios sean deshonestos. Seguro que intentan mantener su integridad.

Pero los incentivos estructurales hacen casi imposible eliminar el sesgo por completo.

Y la pregunta que deberíamos hacernos como industria es sencilla:

¿Por qué necesitamos que el científico también sea el vendedor?

En farma, con todos sus problemas, existe una separación institucional clara. Quien investiga no es quien comercializa. Quien regula no es quien vende.

En wellness hemos normalizado que una misma persona sea investigador, divulgador, accionista y portavoz. Y lo llamamos “transparencia” porque lo dice alguien con miles de seguidores y buena iluminación en Instagram.

Pero no es transparencia.

Es un conflicto de interés bien presentado.


Lo que elegimos en Alma

No somos perfectos. Cometemos errores. Cambiaremos formulaciones cuando la evidencia lo justifique. Diremos “no lo sabemos” cuando no lo sepamos.

Pero hay una línea que no cruzamos.

El científico que te dice qué tomar no puede ser el mismo que gana dinero cuando lo compras.

No porque sea imposible mantener integridad.
Sino porque es imposible que tú confíes plenamente cuando los incentivos están tan claramente alineados hacia un lado.

Y en salud, la confianza no es negociable.

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